Una mirada más sobre lo que sucede en Argentina, Brasil y Venezuela

Fuente: teleSUR

Venezuela posee la mayor reserva de petróleo convencional: 297.000 millones de barriles, siendo proveedor de 1/3 del que consumen diariamente los EE.UU. (a su vez el 30% del consumo mundial).

1. Signos de agotamiento

A lo largo de toda la historia de la cultura se describieron signos de agotamiento que presagiaban el final de la respectiva etapa histórica. Sin embargo, preanuncio no significa “per se” su concreción. Con esas “condiciones subjetivas” deben confluir ciertas “condiciones objetivas” que conlleven, efectivamente, al final de una etapa.

El orden bipolar surgido con el fin de la Segunda Guerra Mundial confirió al mundo cierta estabilidad política durante más de cuatro décadas. La caída del Muro, por su parte, erigió a los EE.UU. como potencia dominante a nivel mundial, y eso dio también un semblante de estabilidad al mundo durante toda la década de los noventa. Sin embargo, cuando ese mismo orden mundial que se había ilusionado con la idea de que la economía de mercado y la democracia liberal asegurarían un horizonte perdurable de prosperidad, percibió que el socialismo real no había caído a expensas del capitalismo teorizado por Smith y Ricardo, sino ante un capitalismo también real que comenzaba a desangrarse en conflictos y desigualdades, vastas regiones del planeta comenzaron a cuestionarlo.

Como dato objetivo, China ha igualado el PIB de los Estados Unidos. Aunque esté muy debajo de éstos en PIB per cápita porque debe distribuirlo entre una población 4 veces mayor, China ostenta el mayor superávit fiscal del planeta, ha concertado acuerdos comerciales con casi 140 países, está adelante en el crecimiento de sus inversiones (especialmente en la Unión Europea) , mantiene una de las mayores tasas de crecimiento anual, concentra las mayores reservas en divisas, ha avanzado notablemente en la producción de alta tecnología e inunda con bienes de consumo a los EE.UU. y prácticamente a todo el mundo. Inclusive, el yuan acaba de ser admitido por el FMI como parte de la canasta de monedas que integran los seguros especiales de giro a nivel internacional, junto con el dólar, el euro, el yen y la libra esterlina. En paralelo, China ha acordado con Rusia (que retoma su histórica vocación de disputa geopolítica) una posición contraria a la de los EE.UU. en las votaciones más sensibles del Consejo de Seguridad de la ONU, tales como forzar el acuerdo nuclear con Irán, impedir la intervención militar en Siria o reconocer al Estado Palestino. Mantiene con los EE.UU. –que intervienen a través de una pretensión limítrofe de Filipinas- un fuerte litigio por el control de la región que se ejerce desde el estratégico Mar de la China meridional. Y ha conformado con Rusia, India, Sudáfrica y Brasil el grupo BRICS, que reúne el 40% del PIB de la Tierra. En estas condiciones, sería impensable que no comiencen a notarse signos de disputa de hegemonía a nivel de la geopolítica mundial.

Qué horizonte de esperanza puede despertar un modelo que sólo se apoya en la mera acumulación desenfrenada de ganancias para la reproducción infinita del capital financiero, hasta la conformación de volúmenes de tal magnitud que salen de toda racionalidad. No alcanzaría el tiempo material que va desde el origen del dinero a la actualidad, para contar las cifras que acopia la banca especulativa de derivados financieros si estas existieran en billetes físicos. Qué expectativa de un futuro alentador puede generar un modelo que sólo muestra el aumento de la pobreza y la exclusión, de los atentados terroristas, de una sociedad civil cada vez más portadora de armas, de crecientes campos de refugiados e inmigrantes sin destino, de un universo de las relaciones laborales dividido entre quienes están sobreexplotados y quienes están sin trabajo. Cuando, del otro lado, se presenta un horizonte tan simple como el de obtener tierra, techo y trabajo, tal como lo propone un activo protagonista de la política internacional como el Papa Francisco. Aquí está el signo de agotamiento de la etapa, en la combinación de las debilidades objetivas del sistema con la disconformidad subjetiva de una gran parte de la Humanidad.

2. Los gobiernos populares vistos como amenaza

Los acuerdos de inversión que los gobiernos populares de América del Sur emprendieron con China y Rusia, su coincidencia en importantes votaciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y el apoyo que China brindó para que la Asamblea General de la ONU aprobara los 9 puntos presentados por Argentina para el pago de las deudas soberanas de los Estados, implicaron un claro desplazamiento de la mayoría del subcontinente respecto de lo que había sido su obediencia histórica a los intereses e imposiciones de los EE.UU., hacia este nuevo eje geopolítico en formación. Todo esto luego del rechazo a integrar una zona de libre comercio de todo el hemisferio americano (ALCA), y de que gobiernos como los de Venezuela, Argentina, Brasil, Ecuador y Bolivia incrementaran sensiblemente la apropiación estatal y social de su renta energética.

Venezuela posee la mayor reserva de petróleo convencional: 297.000 millones de barriles, siendo proveedor de 1/3 del que consumen diariamente los EE.UU. (a su vez el 30% del consumo mundial). El mar de Brasil alberga, es decir que está bajo su potestad soberana, el mayor volumen de reservas de petróleo off-shore descubierto hasta el momento, además de contar con la mayor reserva de biodiversidad en la Amazonia, sólo comparable con las reservas africanas. Argentina, por su parte, posee grandes reservas de agua dulce, y en materia de hidrocarburos nuestro subsuelo almacena la 2da reserva de gas no convencional y la 4ta de petróleo de la misma condición. Todo indica que, off-shore, el mar Argentino es una continuidad entre las reservas de Brasil y las que rodean a las Islas del Atlántico Sur, cuya pretensión de soberanía por parte de nuestro país es negada por las grandes potencias. La Patagonia es, al mismo tiempo, una de las regiones más aptas para la energía eólica, y la zona de Atacama, que compartimos con Chile y Bolivia, hospeda el 90% de las reservas de litio, y es la región más irradiada del planeta, lo que la sitúa en óptima posición para el despliegue de la energía solar. Esto no significa una visión romántica de las llamadas “energías limpias” y del cambio de matriz energética, el cual, si es mal administrado, acrecentaría nuestra dependencia  tecnológica, con consecuencias regresivas para nuestro desarrollo. Pero, efectivamente, todo esto encierra un potencial inagotable para el buen vivir de nuestros pueblos.

Desde la perspectiva de los grandes conglomerados, la posibilidad de administrar este horizonte colosal de expectativas por parte de gobiernos populares –peyorativamente calificados como “populismos”- resulta inadmisible. Esto es lo que está en juego para las grandes corporaciones financieras, petroleras, armamentistas y mediáticas. Y de allí su imperativo de destituir, por diferentes vías, a los gobiernos populares de Venezuela, Brasil y Argentina. En el primer caso, creando un malestar creciente por medio del desabastecimiento, cuando todos sabemos que se trata de una estrategia golpista financiada por el Departamento de Estado. En el caso de la Argentina, machacando con progresivas desestabilizaciones hasta inclinar la voluntad electoral de una parte de la población, y luego asociando la imagen del Kirchnerismo con la corrupción, no sólo para desmontar los derechos conquistados, sino para impugnar definitivamente al Kirchnerismo y a la figura de la ex Presidenta Cristina Fernández de Kirchner como opción política de futuro. En Brasil, en cambio, frustrada la vía de las denuncias de corrupción contra la Presidenta Dilma Rousseff, se consumó un burdo golpe parlamentario, barnizado periodísticamente como un recurso propio de sus “instituciones democráticas”. Lo importante, pues, no era el supuesto combate contra la corrupción, sino destituir a los gobiernos populares y corroer el prestigio de sus líderes.

3. Reflexiones finales

A modo de reflexiones finales, la reciente experiencia nos permite arribar a dos conclusiones. La primera es que no sirve hacer concesiones al poder real que desnaturalicen la contundencia de los proyectos populares como las ensayadas por Dilma Rousseff, por cuanto no logran otro resultado que reavivar la voracidad inagotable de aquel, y desencantar y desmovilizar a su propia base social, su único capital político, los trabajadores y los sectores populares. La segunda conclusión es que si los líderes populares no hegemonizan las alianzas político-electorales, sus propios socios acaban por encabezar la conspiración.

Todo esto es lo que está en juego. Ya no se trata de las derechas conservadoras intentando incidir sobre la política, sino de que los propios conglomerados financieros tomen el mando de la misma. Para ello no sólo necesitan asumir el control de nuestros países, sino, como está visto, destruir la Integración Regional. Los nuevos gobiernos de Argentina y Brasil constituyen un signo evidente de esta etapa. Del otro lado, nada más simple que el principio democrático de que somos los Pueblos quienes debemos marcar las reglas del poder económico, y no a la inversa.

Si tomáramos sólo en cuenta el volumen de recursos que manejan los grandes conglomerados en comparación con los recursos de los Estados, estaríamos en clara desventaja. Pero como eso no es lo único que cuenta, y mucho menos para quienes tenemos vocación política, lo que está de nuestro lado es nuestra inmensa posibilidad de proponer a nuestros Pueblos un horizonte de época, un camino guiado fundadamente por la esperanza de ser más libres y más felices en un futuro no lejano. Y la memoria muy reciente de que es posible emprender con éxito ese camino.

Utilizando la metáfora de la piedra y el cristal que suele mencionar Álvaro García Linera, la dimensión integral y planetaria de los intereses golpistas del poder financiero nos da la idea de la dureza de la piedra con que nos atacan. Nuestro desafío es, entonces, saber construir la robustez del cristal que proteja, consolide y torne irreversible, en unidad continental, la democracia profunda y social de América del Sur, la Patria Grande.-